miércoles, 23 de octubre de 2019

“El nombre de mi almohada”







Soledad, ella es mi compañía.

Con el desaliento colgado en los ojos, me encojo de hombros. Esa es la palabra que define quien soy, cómo me siento.
Sola.

No, no me atrevo a comentar esta inexplicable sensación con nadie…
¿Cómo explicar que me siento así y a la vez estoy rodeada de tanta gente?”
¿Cómo explicar, que es mi cuerpo lo que ven y que mi alma transita escondida dentro de una hermética coraza que puja por cuartearse?
¡No, no, no!... nadie me creerá.

Le observo, solo es una persona que pasa por ahí, una sombra más de mi entorno qué rehúye mi mirada.
Intento olvidarme de él.
Camino, evitando tropezar con la gente. Decenas de personas me saludan a diario. Dicen que soy uno de esos seres humanos a los que llaman “triunfadores”
¿Triunfadora? ¿Yo? Desconocen que, cada noche, cuando avanzo cansada en busca de mi cama, me siento vacía. Sola.
Sí, sola.
Camino con los ojos cerrados en la oscuridad, solo ahí, en medio de lo invisible, encuentro refugio para mi espíritu.

Enarco las cejas y lanzo un chirriante suspiro.
Necesito comunicarme. Saber que soy significativa para alguien.
Sí, importante. Eso no puede ser malo, ¿verdad?
No quiero que sonrían al personaje. Deseo que busquen el corazón de mi persona. Mi alma, mi espíritu, mi esencia… eso que soy, en lo que me he convertido, no a mi aspecto, a mis ropajes… a quien represento ser.
Deseo tener alguien a mi lado, alguien que desee alimentarme cuando mi mente sienta hambre, cuando mis sueños estén muertos, cuando mis ojos abiertos no ven la luz. Deseo alguien que, cuando la angustia visite mi alma, esté ahí conmigo entregándome su protección. No, no quiero ocultar mis momentos de tristeza. Quiero, que cuando una lágrima inerte recorra mi cara, alguien se dé cuenta de que solo soy un ser humano más, y con ternura acaricie la estela de sal y cubre mi desánimo con un abrazo protector. Sí, un abrazo de esos tan dulce e intenso, como el que se regala a un ser querido un instante antes de la despedida.
 
Tú… sí tú. Tú que estás ahí frente a la pantalla, inmóvil, mirándome… ¿Alguna vez has sentido el peso de la soledad? ¿Alguna vez has percibido su aroma? ¿Alguna vez has escuchado el repiqueteo del nudillo de sus dedos sobre el vacío que alberga tu pecho?
Sí, estoy segura que sabes a lo que me refiero. Ese instante que conoces tan bien, ese momento donde la tristeza inunda tu sentir, tu alma, tus pensamientos, y amordaza el cuerpo inmovilizándolo… y, poco a poco, se apodera de tu propia alegría. Ese minuto inacabable cuando dejas ver la sonrisa en tu cara, pero ocultas el desierto que llena tu corazón. Justo ese intervalo cuando deseas ser un texto abierto donde todos puedan leer tus debilidades y, sin embargo, sin darte cuenta, cierras las tapas del cuaderno con un candado invisible y… dejas el libro ahí, cerrado, hermético, lacrado, como si de un diario escrito por un adolescente se tratara.

Llegas a casa, sonríes.
Te sonríen.
Todo está bien.
Solo ven tu cuerpo, el envoltorio de tus acciones y pensamientos. No saben, no pueden, ni quieren ver más. No sabes bien cuál es el motivo, pero nadie llega a tu mundo interior. Y quieres que lleguen a ti, pero… pero no ayudas, no les indicas el camino.
Y un día más, cae la noche, y con el pecho congestionado por la angustia, te sientes realmente sola, totalmente solo.
                                      
Sola contigo misma.
Solo con tus ideas.
Sola con tus ilusiones.
Solo con tus frustraciones.
Sola.
Solo.

Piensas…
¿Esto es normal?
¿Lo vive así todo el mundo?

Dejo de pensar en ti, ahora pensaré solamente en mí.
¿Es egoísmo o simplemente supervivencia?
Me da igual. No me preocupa la respuesta. Ni me interesa.

Me cruzo en la escalera con mi vecino. Lo miro detenidamente, parece feliz…
¿Cómo la hace?
Se le ve lleno, pleno y sociable. No… no parece estar solo.

Al llegar al trabajo observo a mi compañera de mesa. Lleva años sentada tras ese escritorio frente a mí y me doy cuenta de que no me conoce. En realidad, yo tampoco la conozco.
Sonríe con naturalidad. Creo que es feliz…
¿Qué pensará de mí?
¿Se dará cuenta del monólogo que se debate en mi interior?

La angustia llena mi pecho, pero ante su saludo sonrío con educación. Siempre lo hago, porque no deseo que perciba cómo me siento. No quiero que pueda leer en mi cuerpo y ver el desamparado reflejado en mis pupilas. Solo pensarlo me aterra y me enmudece.

¿Estas sensacionesserán el precio de hacerse mayor? ¿de envejecer?
Me encojo de hombros para quitarle importancia.
Ya no juego con mis hijos, ellos han sobrepasado la adolescencia, siento que ya no me necesitan. Mi marido tiene su círculo de amigos, con ellos pasa las horas y, aparentemente se le ve feliz … ¿Qué pensamientos albergará su cabeza? ¿Qué sentirá en sus momentos de silencio? ¿Pensará como yo?

Lo miro a los ojos, con ellos lanzo un amargo grito a mi desierto. Pero..., mi boca guarda un cruel mutismo. Él mira mis pupilas dilatadas por la ansiedad, pero no puede ver más allá de mi piel, no percibe lo que habita en mi interior. No es capaz de escuchar los gritos de mi silencio.

Mañana comenzará un nuevo día. Al despertar, la compañía de la nostalgia cabalgará una jornada más sobre mis hombros. Querré que alguien se convierta en mi héroe o heroína salvadora y me rescate de las afiladas garras del aislamiento. A medida que pasen las horas, iré perdiendo la esperanza… y al llegar la noche, al acostarme, un día más me sentiré igualmente vacía.

Dormiré abrazada a la almohada. Sí, a ese objeto inerte que cada noche me arropa y que en mi interior he bautizado con ironía con el nombre de… Soledad.

                                                                          

                                        L.J. Pruneda
 


miércoles, 16 de octubre de 2019

Puzle de una vida



Te dejo un breve relato sobre las reflexiones de una existencia cualquiera: la tuya, la mia, la del vecino... tuya es.





Luz
Llantos en la noche
Brazos que mecen mi cuerpo de niño desnudo
Risas
Ilusiones de juventud
Decepciones
Enfados
Alegrías
Proyectos…

Una a una las piezas de mi vida van encajando. Algunas llevan las aristas estropeadas, pero con solo limarlas un poco, se ajustan perfectamente.

Dolor
Juegos
Planes
Metas
Futuro
Sueños
Soledad
Unos brazos protectores que volando se alejan en busca de un cielo imaginario.
Ausencia

Cada día de mi vida se convierte en una nueva ficha en blanco y el puzle, poco a poco, va tomando forma. Ya casi está hecho. Mi recorrido pisando la tierra que conozco, toca su fin.
Con extrema delicadeza paso la yema de mis dedos sobre la textura que forman las ranuras de encaje. Las aristas apenas se notan, están alisadas, suavizadas.
Sonrío a la nostalgia.
Mi alma llora a la ausencia.

Una imaginaria línea recta se dibuja en el horizonte de mis recuerdos. Fin del trayecto, me encojo de hombros ante tantas evocaciones. Cuántas personas han ido quedando atrás. Unas perdidas en el olvido del silencio, otras… otras se convirtieron en ángeles etéreos y, con un suave aleteo, se han ido al cielo en busca de un mundo más justo y mejor.
Me muerdo los labios con las encías vacías de dientes; hace tiempo que estos me han abandonado y, esta vez, el Ratoncito Pérez no pasó a buscarlos.

Meneo la cabeza con pesar, ya solo me faltan dos piezas por colocar, la tuya y… a una de ellas le doy vueltas en la mano buscando el lugar idóneo. No lo encuentro, en realidad, nunca supe cúal ha sido tu papel en mi vida.
A primera vista sé que fuiste corazón en mis días, vinagre en mis labios, amargura en mis noches.
Pienso en ti… y puedo ver ante mis ojos tu risa y mi llanto.
Por momentos fuiste fuego, en otros, solo escarcha.
Fuiste palabra viva y me llenaste de silencios.
Algunas veces eras presencia. Otras, apática ausencia.
Cuando buscaba tu calor, me devolvías desinterés.
Cuando resignado me conformaba con tu abandono, regresabas y llenabas mis horas con tu presencia.
Y entonces buscaba tus besos y solo recibía tu hiel.

Maldito juego que encadenó mi sentir.
Maldito sentir que me atrapó en tu juego.
No te quería a mi lado, pero añoraba tu presencia. No quería verte, pero mi alma vibraba por sentir el momento en el que abrías la puerta y me rozabas con tu mirada de ébano.

Sol y noche
Agua y aceite
Fuego y lluvia
Siempre juntos. Siempre separados.

Yo convertido en cerilla, tú convertida en papel.
Yo deseando beber de tu sangre y tú… torrente de sal.
Y las piezas encajan y el puzle cada vez se hace más grande, se va completando.
Pero tú nunca fuiste una pieza de él.
Vaga ahora entre mis dedos la última ficha antes de ser colocada.
Me levanto de la silla. 
Cierros los ojos con fuerza al sentir como mis huesos chirrían bajo el influjo del dolor. Cuando levanto mis párpados miro de hito en hito toda mi vida plasmada en el puzle, con sus surcos, sus grietas, sus cicatrices. Lo hago con ausencia, con distancia y lejanía.
Sonrío.

Me doy cuenta de que siempre estuvo ahí, ante mis ojos ¿Cómo pude estar tan ciego?
Allí estás tú, justo en el centro de la imagen. Eres su corazón. Deposito la pieza en su lugar y admiro que el resto de fichas se acomodan alrededor de la tuya.
Vuelvo a cerrar los ojos y aprieto los labios.
En realidad, no sé muy bien si sentirme alegre o no, pero el puzle por fin está acabado. Respiro hondo.

Tomo la última pieza. Rueda entre mis dedos. Ésta es más fácil.
Lleva la magia del engaño, el dolor de la vida y el aroma de la soledad. En ella se dibuja mi principio y mi fin. Alargo mi mano para colocarla en su lugar y algo invisible ante mis ojos me detiene. Queda sobre la palma y la rodeo con mis dedos.

Con paso lento me acerco a la cama, los huesos vuelven a crugir, esta vez no sé si de alegría o de dolor. Mis ojos miran por última vez el blanco techo. Los párpados me pesan de manera insistente, los dejo caer y puedo percibir cómo las pestañas acarician mis mejillas.
Una sonrisa cansada se dibuja en mis labios.

Ahora… ahora abre mi mano. Tu tendrás el privilegio de colocar el último fragmento de mi vida.  No te resultará difícil, tiene los bordes muy bien definidos. En tu mente acabarás mi puzle y, me ayudarás a poner punto y final a esta historia, mi historia.
Hazlo... ¡ahora!


                                                                     L.J. Pruneda