Ninguna trompeta anuncia su destierro.
Ningún relámpago rasga los cielos.
Nadie avisa de su llegada.
Solo el silencio, ese viejo animal de ojos inmensos, levanta la cabeza para ver como atraviesa la noche.
Durante la caída va perdiendo las plumas, pero no las alas. Descienden tras él como una lenta nevada de ceniza y luz, sembrando el camino de los hombres con presagios que nadie es capaz de entender.
Y por fin toca la tierra.
El mundo no se detiene, continúa girando.
El ángel observa las ciudades arder de prisa, los relojes devorar las horas y a los humanos construir jaulas cada vez más grandes a las que llaman libertad.
Entrecierra los ojos.
Niega con un movimiento triste de cabeza.
Entonces y solo entonces, comprende que el exilio no ha sido el castigo: el castigo consiste en parecerse demasiado a todo aquello que ha venido a contemplar.
Oculta el resplandor bajo la piel.
En un suspiro aprende el lenguaje de las heridas, el peso de las despedidas y esa geometría imperfecta que siempre recubre al miedo.
Oscuridad sin luz.
Luz en la oscuridad.
Algunas noches, cuando el viento atraviesa los campanarios de las iglesias y las sombras se vuelven más líquidas, con tristeza alza los ojos y se permite observar las estrellas.
No pide regresar.
Sabe que nunca podrá.
Solo busca, entre millones de luces, el lugar exacto donde dejó de ser eterno y comenzó a ser humano.
Un relámpago atraviesa el cielo.
Es justo en ese instante cuando el otro aparece.
Lo reconoce por su olor.
Está sentado en un banco de piedra, bajo un castaño desnudo, alimentando a los cuervos con migas de pan negro. Viste de oscuro y sonríe con la seguridad de quien conoce el final de todos los caminos.
— No podrás hacer nada, llegas tarde —dice el otro sin mirarlo—. Hace siglos que el hombre ya eligió su bando.
— Mientras exista una sola mano capaz de levantar a otra del barro, todavía habrá algo en el hombre que merezca salvarse.
— Yo no siembro guerras ni odio. Apenas susurro. Son ellos quienes hacen el resto.
El viento arrastra una de las plumas perdidas del ángel hasta los pies del hombre vestido de negro. Este la recoge y elevándola ante sus ojos, la observa con una mezcla de nostalgia y burla.
— Tal vez el bien y el mal nunca han sido enemigos —murmura—. Tal vez solo sean dos espejos condenados a reflejarse eternamente.
La certeza tiembla.
Siente miedo.
Sabe que en esas palabras habita una pequeña porción de verdad. Y sabe también que una verdad incompleta es el arma favorita de quien desea gobernar la voluntad ajena desde un susurro.









