Recuerdos.
Momentos.
¿Qué es un recuerdo?
¿Qué significa un momento?
El viento despeina su pelo, mientras
que la brisa le acaricia el rostro y una extraña paz recorre su cuerpo.
Siente.
Pero ¿qué es sentir?
Los pensamientos llegan sin pedir
permiso. Vuelan, se cruzan, se pierden y, de pronto, traen hasta él el rostro
de aquella chica.
María.
Y aquel instante.
María deja descender los párpados con
nostalgia. Cuando vuelve a abrirlos, una niebla de tristeza se posa en sus
ojos.
Pupilas negras.
Mirada limpia.
Con inseguridad, pregunta:
—¿Qué sientes por mí?
Él la observa durante unos segundos.
Después levanta la mano y deja que sus dedos recorran lentamente su mejilla.
—¿Yo? Sencillamente te amo.
Una legión de mariposas despierta en el
vientre de María.
Se precipita en sus brazos.
Después llega el beso.
El alma vibra.
Las emociones se reconstruyen.
Y durante un instante no existió
nada más.
Ni el mundo.
Ni el tiempo.
Ni siquiera el miedo.
No existe nada fuera de aquel abrazo.
Solo ellos.
Solo la respiración entrecortada.
Solo dos corazones descubriendo, al
mismo tiempo, que también podían hablar sin palabras.
El alma vibra.
Las emociones se desbordan.
Y aquel instante queda suspendido en
algún lugar al que los años nunca consiguen llegar.
Ahora, mucho tiempo después, él cierra
los ojos.
La brisa vuelve a rozarle la cara.
Y comprende.
Un recuerdo no es aquello que permanece
en la memoria. Es aquello que consigue regresar al corazón cuando todo lo demás
se ha ido.
Un momento tampoco es una medida del
tiempo. Porque hay momentos que duran apenas unos segundos y, sin embargo,
contienen una vida entera.
Han pasado los años.
Quizá demasiados.
Las manos cambian, los rostros
envejecen, los caminos se separan y algunas voces terminan por confundirse con
el silencio.
Pero hay instantes que se niegan a
morir.
Se esconden en algún rincón del
alma y esperan.
Esperan una tarde.
Una canción.
Un olor.
Una brisa.
Cualquier cosa capaz de abrir
aquella puerta.
Entonces regresan.
Y vuelves a sentir.
Vuelves a tener veinte años.
Vuelves a escuchar aquella
pregunta.
Vuelves a sentir unos dedos
acariciando tu mejilla.
Vuelves a besar.
Aunque ya no haya labios.
Aunque ya no haya brazos.
Aunque María se haya convertido en una
fotografía guardada en algún rincón de los años.
Porque quizá amar solo sea eso. Dejar
una parte de uno mismo en otra persona y descubrir, mucho después, que esa
parte nunca se marchó.
Él abre los ojos.
El viento sigue jugando con su pelo.
Sonríe.
No sabe dónde estará María.
Ni siquiera sabe si alguna vez ella
habrá regresado a aquel instante.
Pero él sí.
Y mientras pueda recordarlo, aquel
momento seguirá siendo suyo.
Suyo y de ella.
La brisa vuelve a pasar.
Esta vez no trae recuerdos.
Trae algo más profundo. La certeza de
haber amado.
De haber sido amado.
De haber sentido, al menos una vez, que
la vida cabía entera en un abrazo.
Y entonces comprende que quizá esa sea
la respuesta. Sentir no consiste en conservar lo que amamos. Consiste en
descubrir que, a pesar del tiempo, hay personas capaces de seguir viviendo en
nosotros.
A veces basta una brisa.
Una brisa en la cara.
Para
hacer latir el corazón exactamente igual que aquella primera vez.









