Voces y Silencios
Bienvenido al rincón donde las palabras se desatan y los libros cobran vida. Déjate llevar por las historias, los personajes y esos giros inesperados que solo las buenas historias saben darnos.
domingo, 22 de marzo de 2026
lunes, 9 de marzo de 2026
La huella del beso
Cerré
los ojos y esperé sus labios.
Besar su boca fue tocar una nube de azúcar, rozar un sueño de terciopelo, posar la
boca en el pétalo vivo de una flor. Todo en aquel instante tenía la pureza de
un comienzo.
Entonces
noté que algo se desgajaba dentro de mí.
O
quizá era yo quien se soltaba de sí mismo y se dejaba caer al vacío.
No
dolía.
Al
contrario. Una serenidad tibia me recorrió por dentro, igual que cuando el
hielo cede y vuelve a correr el agua.
Y
entendí, sin necesidad de pensarlo, que aquello era lo natural.
Que
así debía ser.
LJ Pruneda
domingo, 18 de enero de 2026
Anabel Gonzalez, autora y psiquiatra
Anabel González escribe para quienes cargan con exigencias invisibles, para quienes aprendieron pronto a resistir, para quienes un día descubrieron que ser fuerte también cansa. Sus textos avanzan despacio, con cuidado, conscientes de que algunas heridas no necesitan empujones, sino tiempo y palabras amables.
No todas las autoras llegan a los libros desde el deseo de contar historias. Algunas llegan porque han pasado años escuchando. Escuchando silencios largos, palabras que tiemblan, recuerdos que duelen más cuando no se dicen. Anabel González pertenece a ese lugar.
Psiquiatra de profesión, divulgadora por vocación y escritora por necesidad, ha dedicado buena parte de su vida a acompañar a personas rotas por dentro, aunque por fuera parecieran funcionar. Trauma, apego, memoria emocional, ansiedad, heridas antiguas… conceptos que en otros discursos suenan técnicos, pero que en sus manos se vuelven humanos, cercanos, reconocibles.
Sus libros no pretenden corregirte ni arreglarte. No te dicen quién deberías ser. Te recuerdan quién eres cuando bajas la guardia.
Hay algo profundamente honesto en su manera de comunicar: no promete felicidad, no vende bienestar en cápsulas, no niega el dolor. Al contrario. Lo nombra. Lo valida. Lo coloca en su sitio. Y en ese gesto —tan sencillo y tan poco habitual— sucede algo importante: el lector deja de sentirse defectuoso por sentirse mal.
En Lo bueno de tener un mal día —y en toda su obra— late una idea que atraviesa su pensamiento: no todo malestar es un error. A veces es una señal. A veces es el cuerpo pidiendo tregua. Escuchar eso no nos hace débiles; nos vuelve más humanos.
Y quizá, solo quizá, descubrir que tener un mal día también forma parte del camino.
LJ. Pruneda
Lo bueno de tener un mal día, de Anabel González
Hay días que no funcionan. Días torcidos, incómodos, de esos que nadie sube a redes... ¿Sabes de que hablo?
Lo bueno de tener un mal día empieza justo ahí, en ese territorio donde solemos pedir disculpas por sentir demasiado.
Anabel González no escribe esta novela para animarte ni para convencerte de nada. Escribe para sentarse contigo cuando el ánimo flaquea y hacerte una pregunta sencilla y difícil al mismo tiempo: ¿y si el malestar no fuera el problema?
Este libro te habla de emociones que incomodan, de heridas que no siempre se ven y de esa exigencia silenciosa de estar bien incluso cuando todo dentro pide pausa. Lo hace sin dramatismos ni fórmulas milagro, la autora pone palabras a lo que muchos sienten y pocos se permiten nombrar: que el dolor también tiene sentido, que escuchar lo que duele es una forma de cuidado, y que no todo se arregla empujando hacia delante.
A lo largo de sus páginas no se glorifica el sufrimiento, pero tampoco se le da la espalda. Se le mira con respeto. Se le deja hablar. Porque a veces un mal día no viene a fastidiarnos la vida, sino a recordarnos que somos humanos.
martes, 23 de diciembre de 2025
La silla junto a mi cama
Sí, la verdad es que aún puedo recordarlo perfectamente aquel momento.
Qué ironía: uno cree que el tiempo terminará por ir diluyendo todas las heridas, pero hay recuerdos que no se dejan enterrar y se hacen más hondos cada día.
Hoy hace ocho meses que firmamos el divorcio.
Recuerdo que era invierno. Afuera, el cielo se deshacía en un gris desganado; dentro, nosotros éramos su reflejo. No sé muy bien si fue solo la lluvia o también nuestros corazones lo que terminó por borrarlo todo aquel día.
Tú tenías los labios apretados; no por rabia, sino por cansancio. Te escuché respirar con la misma intensidad de quien intenta mantener en pie una casa que ya no tiene cimientos. Yo firmé sin mirar tus ojos; sabía que si lo hacía, el temblor de mis manos terminaría por delatarme.
No quise llorar.
Sobre la mesa había un vaso con agua. Lo miré durante unos instantes. Una gota descendía despacio, como si también se negara a caer.
Firmamos sin palabras, cada uno escondido tras el reflejo de su propia derrota.
Pensé que aquello era el final. Nuestro final. Que después ya solo quedaría el silencio, los papeles sellados y el eco apagado de nuestras promesas rotas. La realidad es que, ambos estábamos convencidos de que aquel gesto con el bolígrafo sería la última página de nuestra historia.
Qué ingenuos fuimos.
Cómo pudimos llegar a pensar que el amor y los recuerdos se archivan con solo estampar una firma. Aquellos papeles, fríos, llenos de letras y tecnicismos legales fueron incapaces de contener lo que un día habíamos sido: la risa en mitad del caos, el refugio en la tormenta, la ternura que sobrevivía a cualquier reproche.
Sin embargo, la vida es así. Por más que doliera, aquel instante era el reflejo de nuestra realidad. A la salida del juzgado, nuestras miradas se cruzaron un instante y enseguida se perdieron.
La tuya buscó el suelo; la mía, un último beso que nunca llegó.
En aquel breve segundo entendí que el amor no siempre muere; a veces solo se repliega, se protege, se guarda donde ya no alcanza el orgullo.
Y mientras la lluvia nos diluía desdibujando nuestros contornos, pude sentir que algo dentro de nosotros aún seguía vivo, obstinado en quedarse y en no marcharse del todo.
Desde ese momento, cada cual tomó su rumbo.
Tú, con esa valentía que abre puertas y dibuja sonrisas nuevas.
Yo, en cambio, avancé a trompicones, recogiendo pedazos de mi alma en cada esquina, intentando mantener de pie una silueta, en la que ya no era capaz de reconocerme.
Todo muere.
Entre anocheceres rotos y madrugadas tristes descubrí que es mentira eso de que uno se acostumbra al dolor. No… no hay costumbre posible.
El dolor es un parásito astuto que termina por devorarte; cambia de rostro, de voz, de lugar, pero nunca se marcha. A veces se disfraza de rutina, otras de orgullo y, cuando crees que por fin duerme, vuelve a tocarte el hombro con la misma fuerza del primer día.
Sobre ti, me decían que parecías estar bien.
Yo fingía que también.
Pero hay heridas que no sangran hacia fuera, sino hacia dentro y esas son las que uno aprende a ocultar con más esmero.
Lamentos sin futuro.
Melancolía del ayer.
Atrás quedaron las discusiones, como cicatrices mal cerradas.
Atrás quedaron aquellas palabras que nunca debimos pronunciar, afiladas y crueles, lanzadas en mitad de tempestades que tampoco supimos detener.
Y, sobre todo… atrás quedaron los silencios.
Silencios densos, cargados de una calma que nunca fue paz, sino distancia. Palabras que no dijimos por miedo, por cansancio o por orgullo y que, al quedarse sin voz, levantaron muros gruesos, sin almenas. Muros que ningún perdón pudo llegar a escalar.
Aun así, quiero pensar que en esos mismos silencios, en el hueco donde todo se rompió, sigue latiendo el rumor de la ternura, un hilo apenas audible que se niega a morir.
Tal vez, sin saberlo, ambos seguimos escuchando ese rumor.
Muchas veces me pregunto, si solo soy yo quien aún oye tu nombre en la oscuridad.
Un día.
Una semana.
Un mes.
Creí que todo había quedado atrás, sepultado bajo la rutina de los días y el polvo del tiempo. Sin embargo, la vida, caprichosa y brusca, me detuvo en seco.
Una caída tonta.
Qué burla del destino. Cuando crees que es imposible hundirte más, el abismo te sorprende. Lo que empezó siendo una fractura leve acabó destapando un diagnóstico mucho más grave, como si el destino usara mi cuerpo para recordarme sin piedad, la fragilidad que arrastro.
En el hospital se respiraba un olor estéril que me arañaba la garganta; las luces, más que brillar, me observaban. El miedo se pegaba a mi piel con un sudor frío… y fue en ese instante cuando volviste a aparecer.
Te asomaste al umbral y entraste con calma, tu figura derramó una claridad inesperada sobre la habitación más sombría de mi vida.
No traía reproches ni excusas.
Solo una mirada que parecía tenderme un puente de algodón hacia un tiempo menos herido, hacia una ternura que ya creí perdida.
Cuanta entrega.
Llevas cinco noches sin moverte de mi lado. Te acomodas en esa silla dura, vencida por el cansancio, con la chaqueta doblada torpemente como única almohada.
No te quejas.
No exiges.
No reclamas nada.
Simplemente permaneces y en esa presencia silenciosa encuentro más consuelo que en cualquier medicina.
Sé que abandonaste tus clases de danza, ese lugar donde el aire parecía estar a las órdenes de tus movimientos y viniste hasta mí. Allí donde antes había música y público, ahora solo quedaban mis silencios y mis miedos. Pero tu presencia transformó la habitación; cada gesto tuyo era una coreografía distinta, tejida con hilos de ternura.
Desechaste compromisos.
Rutinas.
Hasta ese orgullo que tantas veces nos separó.
Todo lo has dejado a un lado para estar aquí, conmigo, en este cuarto que huele a desinfectante y esperanza, donde cada noche late el milagro discreto de tu compañía. Y yo, que tanto he perdido, descubro que aún me queda lo más inesperado… alguien que pudiendo elegir cualquier lugar, sigue eligiendo quedarse a mi lado.
Ilusión.
Con cautela, te observo sin que te des cuenta y me pregunto si acaso este regreso no es también una nueva oportunidad, una segunda vida que nos regala la existencia. Quizá no para rehacer lo perdido, sino para aprender a habitar lo que aún queda en pie.
Suspiro.
Cierro los ojos.
No quiero sueños que se deshagan al amanecer.
A veces te ruego que te marches, que vayas a descansar en tu propia cama, que te apartes un instante de esta habitación donde el reloj avanza lento y la esperanza tropieza cada mañana con la cruda realidad.
Y tú frunces el ceño.
Niegas con la cabeza y haces ese ademán de fastidio que a mí siempre me pareció tan gracioso. Luego, finges obedecer, como si en verdad te dirigieras a la puerta.
Pero cuando el sueño me vence y despierto de nuevo, te descubro aquí otra vez; con los ojos enrojecidos por el cansancio, el cabello alborotado cayéndote sobre la frente y la mano tendida, rozando suavemente la mía, como un ancla que me ata a la vida.
Cuanta paz.
Ese gesto tan sencillo, me desarma más que cualquier palabra que puedas decir. Siento que es tu manera de insinuar que, aunque un día nos perdimos, ahora no piensas soltarme. Y yo, siento que cada madrugada en la que amaneces junto a mí, es un regalo secreto, una tregua que el destino nos ofrece.
Todo arde.
Y en ese incendio lo entendí.
Mi mente lo captó con esa calma amarga de la revelación que se ha hecho esperar toda una vida… Mientras yo me aferraba a amigos que se borraron en el primer problema y a amores de promesas huecas, tú, la mujer que conoció mis luces y mis sombras, fuiste la única que permaneció a mi lado.
La única que sin pronunciar palabra, cumplió lo que un día juramos en voz alta: estar en la salud y en la enfermedad, en lo fácil y en lo imposible.
No quiero llorar.
Ahora no.
En la fragilidad de tu silencio y en el cansancio luminoso de tus ojos preocupados, hallé una lealtad que me hería de vergüenza, a la vez que me salvaba de una inevitable caída al vacío.
Todo vive.
Aquí estás. Sin exigirme nada.
Sin recordarme mis errores.
Sin lanzarme reproches.
Solo… estás.
Y este permanecer a mi lado, es la prueba más limpia de un amor que yo daba por perdido. Entonces, en mi soledad, me hundo en un silencio que piensa por mí y me hace reflexionar… “Aquí, perdido en mi cama, entre estas paredes blancas y las largas noches que huelen a cansancio y miedo, entendí algo que me costó toda una vida aprender: los nombres no salvan, las promesas tampoco. Lo único que de verdad importa es esta presencia muda que no pregunta ni se va, la que se queda a tu lado y te sostiene con suavidad cuando todo, absolutamente todo, se derrumba.”
Busco una bocanada de aire que calme mis pulmones. Me cuesta respirar… “He aprendido que hay amores que se entregan hasta el fondo y que permanecen incluso tras el naufragio. También me queda la certeza más pura: lo nuestro, aunque herido, realmente vive, aún late.”
Los dígitos de la máquina que mide mi pulso se agitan. Tiendo mi mano al vacío. No puedo respirar…. “Lo que hace valiosa a una persona en tu vida no son sus promesas, sino esa presencia que permanece entre las ruinas y te devuelve la certeza de tener un hogar en su compañía.”
Ella me mira y toma mi mano entre sus dedos. Con ese sencillo gesto, me entrega la ternura que yo no sé pedir con palabras. Cierro los ojos… “Y descubro que pese al orgullo y las cicatrices, nuestro amor sigue en pie, silencioso pero firme, como un faro encendido en la noche. Y puedo comprender que ya no importan los papeles, ni los silencios; solo su mano junto a la mía, el milagro de seguir aquí… juntos”.
Son las 00.15. El hoy se ha convertido en mañana y el mañana es mi final. Ya no puedo respirar… “Quizá la vida nos separó para revelarnos que el amor verdadero no se extingue; solo duerme, hasta volver a encenderse en el instante preciso”.
Texto e imagen: L.J. Pruneda
La enredadera de los sueños
¿A quién escucha?
Se enreda la enredadera en sus propios pensamientos.
Se pregunta quién es,
y si acaso, en su vaivén,
ha olvidado el alma que la sostiene.
En peligro de extinción,
su voz se apaga en el murmullo del bosque.
Las hadas la miran con ojos de rocío,
las xanas la llaman con cánticos de río,
los duendes la observan en silencio,
como si en ella leyeran los vestigios de un viejo
hechizo.
¿Cuándo dejó de soñar?
Se imaginó ser xana,
tejiendo hilos de agua en su cabello.
Se vio bruja,
dibujando conjuros de luna en su mirada.
De repente, un mareo,
embriagada de nostalgia,
de historias que alguna vez fueron suyas
y que ahora ya solo flotan como hojas en el viento.
Porque ha sido loba, liebre y viento,
ha corrido con la tormenta y danzado con el alba.
Ha sido lluvia, mar y roca,
Siempre adaptándose, cambiando de forma, sin dejar de ser ella.
Se sintió vals en noches de luna,
cumbia cuando el sol despierta,
rock cuando el trueno suena.
Su vida siempre ha sido en blanco y negro y multicolor,
es un lienzo donde nunca deja de pintarse.
Y ahora piensa;
¿Quién la escucha?
Tal vez hoy, enredándose en su propia historia,
la enredadera aún pueda florecer.
Texto e imagen: L.J. Pruneda
AC/DC - Thunderstruck (Live at Donington, August 17, 1991 - Official HD ...
AC/DC ha construido una forma de entender el rock basada en la constancia y la contundencia.
Nunca persiguió modas ni discursos: eligió repetir una idea hasta hacerla irrefutable. Guitarra incisiva, ritmo férreo y una voz llevada al límite, siempre al borde, siempre reconocible.
Su música no pretende convencer ni explicar nada. Avanza. Golpea. Permanece. Cada canción funciona como una pieza bien ajustada, pensada para durar, para ser tocada una y otra vez sin desgaste emocional.
miércoles, 19 de noviembre de 2025
Un despertar entre murallas: Ciudad Rodrigo
Un día te levantas y miras a tu alrededor: Estás en Ciudad Rodrigo.
El aire matutino, fresco y cortante, se cuela por la ventana de celosía, trayendo consigo un eco lejano de campanas y el aroma inconfundible del café recién hecho mezclado con la humedad ancestral de la piedra. Estiras la mano y tocas el alféizar; no es moderno, es granito frío, pulido por siglos de vientos y lluvias.
El Canto de la Historia en la Piedra
Abres la ventana y la vista te golpea con una sobriedad majestuosa. No hay rascacielos ni prisa; solo la imponente silueta del Castillo de Enrique II de Trastámara (hoy Parador), dominando la ribera del Águeda. Sus muros no solo contienen un hotel, sino la memoria de reyes y estrategias militares.
Te vistes y sales a la calle, y en ese instante, abandonas el siglo XXI. Estás inmerso en la "ciudad amurallada", un nombre que lleva con merecimiento. La Muralla, declarada Conjunto Histórico-Artístico, no es un mero adorno; es el corazón y la cicatriz de la ciudad. Sigues su trazado, una obra de ingeniería defensiva que ha sido testigo de los asedios más brutales.
Las Cicatrices de la Guerra de la Independencia
Caminas sobre el lienzo defensivo y sientes el peso de la historia bélica. Es imposible ignorar el papel crucial de Ciudad Rodrigo en la Guerra de la Independencia (1808-1814).
1810: El Primer Asedio. Las tropas francesas, al mando del mariscal Masséna, pusieron sitio a la ciudad. La resistencia española fue heroica, pero tras meses de bombardeos y hambre, la ciudad cayó. El recuerdo de esa capitulación aún impregna el ambiente.
1812: El Segundo Asedio. Los aliados, liderados por el general británico Arthur Wellesley, el futuro Duque de Wellington, emprendieron un asalto brutal para recuperar la plaza. La toma fue rápida, sangrienta y decisiva, abriendo el camino hacia la liberación de la Península.
Buscas y encuentras los Boquetones, las brechas abiertas a cañonazos en 1812 que hoy sirven de acceso a la Muralla. Es una metáfora visual: la herida que se convierte en puerta.
Del Siglo XII a la Vida Cotidiana
Te diriges hacia la Plaza Mayor, el verdadero centro neurálgico. Es un cuadrilátero irregular y animado, rodeado por soportales y edificios notables como la Casa del Ayuntamiento. Aquí, bajo los arcos medievales, la historia se mezcla con el sonido de las tapas y las conversaciones de los mirobrigenses (gentilicio de Ciudad Rodrigo).
Pero el monumento que te detiene es la Catedral de Santa María. Te acercas y admiras su Puerta del Perdón, con una mezcla de románico tardío y gótico. Entras y sientes el frío del templo. Sus tres naves y su claustro te transportan a los tiempos de su consagración en el siglo XII, cuando Alfonso VII la elevó a sede episcopal. Observas el Coro del maestro Juan Alemán, una obra cumbre del Renacimiento español, un testimonio de que esta ciudad fue, y sigue siendo, un foco de arte y cultura.
El Legado y el Mirador
Al caer la tarde, subes de nuevo a la Muralla, esta vez cerca del Puente Mayor, que cruza el río Águeda. El sol tiñe de naranja la piedra caliza y el agua.
Miras hacia el horizonte, y comprendes la esencia de Ciudad Rodrigo: es una ciudad que se ha ganado el título de "Antigua, Noble y Leal" (otorgado por Felipe V). Cada grieta, cada torre, cada plaza te recuerda que no estás en una postal, sino en un testimonio vivo de la historia española y europea. Un lugar donde la belleza de la piedra se forjó a golpe de épica y resistencia.
jueves, 16 de octubre de 2025
La vida de una vida.
Hay personas que no esperan ser entendidas: simplemente deciden ser.
En mi vida, la risa siempre gana.
jueves, 9 de octubre de 2025
Narciso o el reflejo del alma
sino dentro del agua que devuelve nuestra propia imagen.
El mito de Narciso pertenece a la mitología griega y fue recogido, entre otros, por Ovidio en su obra Las Metamorfosis.
Narciso era hijo del dios-río Céfiso y de la ninfa Liríope, y su belleza era tan perfecta que despertaba admiración y deseo allá donde iba. Sin embargo, su corazón permanecía cerrado: despreciaba a quienes lo amaban, incapaz de sentir más allá de sí mismo.
Un día, mientras vagaba por el bosque, Narciso se inclinó sobre las aguas de un manantial cristalino para calmar su sed. Fue entonces cuando vio su propio reflejo. Fascinado por aquella imagen, ignoró que se trataba de sí mismo y quedó atrapado por una pasión imposible. Intentó besar el agua, abrazar el rostro que lo miraba, pero cada intento no hacía más que romper el reflejo y multiplicar su deseo.
Consumido por esa obsesión, Narciso se marchitó lentamente junto al manantial. Cuando los dioses se apiadaron de él, su cuerpo desapareció, y en su lugar nació una flor blanca que llevó su nombre: el narciso.
Ovidio no escribió esta historia solo para hablar de vanidad. En realidad, el mito nos recuerda la fragilidad de la conciencia humana. Narciso no muere por amor a sí mismo, sino por no reconocer que el otro y el yo son parte del mismo espejo. En su imagen vio la perfección que anhelaba, pero no supo distinguir entre ilusión y verdad.
El agua del mito nos
devuelve hoy una enseñanza distinta: no hay mayor pérdida que la de quien no se
atreve a mirarse con verdad.
Porque conocerse no es
adorarse, sino reconocer la distancia entre lo que creemos ser y lo que
realmente somos.
Ahí, en ese breve
temblor del reflejo, es donde habita el alma.
L.J.Pruneda













