Cerré
los ojos y esperé sus labios.
Besar su boca fue tocar una nube de azúcar, rozar un sueño de terciopelo, posar la
boca en el pétalo vivo de una flor. Todo en aquel instante tenía la pureza de
un comienzo.
Entonces
noté que algo se desgajaba dentro de mí.
O
quizá era yo quien se soltaba de sí mismo y se dejaba caer al vacío.
No
dolía.
Al
contrario. Una serenidad tibia me recorrió por dentro, igual que cuando el
hielo cede y vuelve a correr el agua.
Y
entendí, sin necesidad de pensarlo, que aquello era lo natural.
Que
así debía ser.
LJ Pruneda

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