Anabel González escribe para quienes cargan con exigencias invisibles, para quienes aprendieron pronto a resistir, para quienes un día descubrieron que ser fuerte también cansa. Sus textos avanzan despacio, con cuidado, conscientes de que algunas heridas no necesitan empujones, sino tiempo y palabras amables.
No todas las autoras llegan a los libros desde el deseo de contar historias. Algunas llegan porque han pasado años escuchando. Escuchando silencios largos, palabras que tiemblan, recuerdos que duelen más cuando no se dicen. Anabel González pertenece a ese lugar.
Psiquiatra de profesión, divulgadora por vocación y escritora por necesidad, ha dedicado buena parte de su vida a acompañar a personas rotas por dentro, aunque por fuera parecieran funcionar. Trauma, apego, memoria emocional, ansiedad, heridas antiguas… conceptos que en otros discursos suenan técnicos, pero que en sus manos se vuelven humanos, cercanos, reconocibles.
Sus libros no pretenden corregirte ni arreglarte. No te dicen quién deberías ser. Te recuerdan quién eres cuando bajas la guardia.
Hay algo profundamente honesto en su manera de comunicar: no promete felicidad, no vende bienestar en cápsulas, no niega el dolor. Al contrario. Lo nombra. Lo valida. Lo coloca en su sitio. Y en ese gesto —tan sencillo y tan poco habitual— sucede algo importante: el lector deja de sentirse defectuoso por sentirse mal.
En Lo bueno de tener un mal día —y en toda su obra— late una idea que atraviesa su pensamiento: no todo malestar es un error. A veces es una señal. A veces es el cuerpo pidiendo tregua. Escuchar eso no nos hace débiles; nos vuelve más humanos.
Y quizá, solo quizá, descubrir que tener un mal día también forma parte del camino.
LJ. Pruneda

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