Hay días que no funcionan. Días torcidos, incómodos, de esos que nadie sube a redes... ¿Sabes de que hablo?
Lo bueno de tener un mal día empieza justo ahí, en ese territorio donde solemos pedir disculpas por sentir demasiado.
Anabel González no escribe esta novela para animarte ni para convencerte de nada. Escribe para sentarse contigo cuando el ánimo flaquea y hacerte una pregunta sencilla y difícil al mismo tiempo: ¿y si el malestar no fuera el problema?
Este libro te habla de emociones que incomodan, de heridas que no siempre se ven y de esa exigencia silenciosa de estar bien incluso cuando todo dentro pide pausa. Lo hace sin dramatismos ni fórmulas milagro, la autora pone palabras a lo que muchos sienten y pocos se permiten nombrar: que el dolor también tiene sentido, que escuchar lo que duele es una forma de cuidado, y que no todo se arregla empujando hacia delante.
A lo largo de sus páginas no se glorifica el sufrimiento, pero tampoco se le da la espalda. Se le mira con respeto. Se le deja hablar. Porque a veces un mal día no viene a fastidiarnos la vida, sino a recordarnos que somos humanos.

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