lunes, 14 de septiembre de 2026

La brisa de aquel día

 


 

Recuerdos.

Momentos.

¿Qué es un recuerdo?

¿Qué significa un momento?

El viento despeina su pelo, mientras que la brisa le acaricia el rostro y una extraña paz recorre su cuerpo.

Siente.

Pero ¿qué es sentir?

Los pensamientos llegan sin pedir permiso. Vuelan, se cruzan, se pierden y, de pronto, traen hasta él el rostro de aquella chica.

María.

Y aquel instante.

María deja descender los párpados con nostalgia. Cuando vuelve a abrirlos, una niebla de tristeza se posa en sus ojos.

Pupilas negras.

Mirada limpia.

Con inseguridad, pregunta:

—¿Qué sientes por mí?

 

Él la observa durante unos segundos. Después levanta la mano y deja que sus dedos recorran lentamente su mejilla.

—¿Yo? Sencillamente te amo.

 

Una legión de mariposas despierta en el vientre de María.

Se precipita en sus brazos.

Después llega el beso.

El alma vibra.

Las emociones se reconstruyen.

Y durante un instante no existió nada más.

Ni el mundo.

Ni el tiempo.

Ni siquiera el miedo.

No existe nada fuera de aquel abrazo.

Solo ellos.

Solo la respiración entrecortada.

Solo dos corazones descubriendo, al mismo tiempo, que también podían hablar sin palabras.

El alma vibra.

Las emociones se desbordan.

Y aquel instante queda suspendido en algún lugar al que los años nunca consiguen llegar.

Ahora, mucho tiempo después, él cierra los ojos.

La brisa vuelve a rozarle la cara.

Y comprende.

Un recuerdo no es aquello que permanece en la memoria. Es aquello que consigue regresar al corazón cuando todo lo demás se ha ido.

Un momento tampoco es una medida del tiempo. Porque hay momentos que duran apenas unos segundos y, sin embargo, contienen una vida entera.

Han pasado los años.

Quizá demasiados.

Las manos cambian, los rostros envejecen, los caminos se separan y algunas voces terminan por confundirse con el silencio.

Pero hay instantes que se niegan a morir.

Se esconden en algún rincón del alma y esperan.

Esperan una tarde.

Una canción.

Un olor.

Una brisa.

Cualquier cosa capaz de abrir aquella puerta.

Entonces regresan.

Y vuelves a sentir.

Vuelves a tener veinte años.

Vuelves a escuchar aquella pregunta.

Vuelves a sentir unos dedos acariciando tu mejilla.

Vuelves a besar.

Aunque ya no haya labios.

Aunque ya no haya brazos.

Aunque María se haya convertido en una fotografía guardada en algún rincón de los años.

Porque quizá amar solo sea eso. Dejar una parte de uno mismo en otra persona y descubrir, mucho después, que esa parte nunca se marchó.

Él abre los ojos.

El viento sigue jugando con su pelo.

Sonríe.

No sabe dónde estará María.

Ni siquiera sabe si alguna vez ella habrá regresado a aquel instante.

Pero él sí.

Y mientras pueda recordarlo, aquel momento seguirá siendo suyo.

Suyo y de ella.

La brisa vuelve a pasar.

Esta vez no trae recuerdos.

Trae algo más profundo. La certeza de haber amado.

De haber sido amado.

De haber sentido, al menos una vez, que la vida cabía entera en un abrazo.

Y entonces comprende que quizá esa sea la respuesta. Sentir no consiste en conservar lo que amamos. Consiste en descubrir que, a pesar del tiempo, hay personas capaces de seguir viviendo en nosotros.

A veces basta una brisa.

Una brisa en la cara.

Para hacer latir el corazón exactamente igual que aquella primera vez.


jueves, 30 de julio de 2026

El idioma de la tentación


 


Desciende sin estruendo.
Ninguna trompeta anuncia su destierro.
Ningún relámpago rasga los cielos.
Nadie avisa de su llegada.
Solo el silencio, ese viejo animal de ojos inmensos, levanta la cabeza para ver como atraviesa la noche.
Durante la caída va perdiendo las plumas, pero no las alas. Descienden tras él como una lenta nevada de ceniza y luz, sembrando el camino de los hombres con presagios que nadie es capaz de entender.
Y por fin toca la tierra.
El mundo no se detiene, continúa girando.
El ángel observa las ciudades arder de prisa, los relojes devorar las horas y a los humanos construir jaulas cada vez más grandes a las que llaman libertad.
Entrecierra los ojos.
Niega con un movimiento triste de cabeza.
Entonces y solo entonces, comprende que el exilio no ha sido el castigo: el castigo consiste en parecerse demasiado a todo aquello que ha venido a contemplar.
Oculta el resplandor bajo la piel.
En un suspiro aprende el lenguaje de las heridas, el peso de las despedidas y esa geometría imperfecta que siempre recubre al miedo.
Oscuridad sin luz.
Luz en la oscuridad.
Algunas noches, cuando el viento atraviesa los campanarios de las iglesias y las sombras se vuelven más líquidas, con tristeza alza los ojos y se permite observar las estrellas.
No pide regresar.
Sabe que nunca podrá.
Solo busca, entre millones de luces, el lugar exacto donde dejó de ser eterno y comenzó a ser humano.
Un relámpago atraviesa el cielo.
Es justo en ese instante cuando el otro aparece.
Lo reconoce por su olor.
Está sentado en un banco de piedra, bajo un castaño desnudo, alimentando a los cuervos con migas de pan negro. Viste de oscuro y sonríe con la seguridad de quien conoce el final de todos los caminos.
—    No podrás hacer nada, llegas tarde —dice el otro sin mirarlo—. Hace siglos que el hombre ya eligió su bando.

El ángel reconoce aquella voz. No porque la hubiera escuchado antes, sino porque sabe que algunas presencias existen mucho antes de que la memoria aprenda a nombrarlas.
—    Mientras exista una sola mano capaz de levantar a otra del barro, todavía habrá algo en el hombre que merezca salvarse.
 
El desconocido sonríe con desgana.
—    Yo no siembro guerras ni odio. Apenas susurro. Son ellos quienes hacen el resto.
 
Entre ambos se extiende ese silencio distinto que aparece cuando dos verdades incompatibles se reconocen frente a frente.
El viento arrastra una de las plumas perdidas del ángel hasta los pies del hombre vestido de negro. Este la recoge y elevándola ante sus ojos, la observa con una mezcla de nostalgia y burla.
—    Tal vez el bien y el mal nunca han sido enemigos —murmura—. Tal vez solo sean dos espejos condenados a reflejarse eternamente.
 
El ángel yergue su cuerpo de arena y, durante un instante, el hombre que habita en él cede el paso a lo que ha sido antes de aprender el peso de la carne.
La certeza tiembla.
Siente miedo.
Sabe que en esas palabras habita una pequeña porción de verdad. Y sabe también que una verdad incompleta es el arma favorita de quien desea gobernar la voluntad ajena desde un susurro.

 

 LJ Pruneda

 

 



domingo, 28 de junio de 2026

BREVE ETERNIDAD

 



Soledad.
Silencio.
Miro alrededor y el aire está lleno de presencias invisibles, de nombres que ya no responden, sin embargo, siguen murmurando en los pliegues del tiempo.
No, nunca estás solo; te acompaña quien dejó su sitio vacío y su presencia intacta.

Silencio.
Soledad.
El silencio tiene matices secretos que solo perciben los ojos del alma; es lienzo desnudo donde la mente, paciente artesana, dibuja anhelos, remiendos y horizontes por nacer.

Momentos.
Vida.
Los instantes caen suaves del rosal del tiempo y perfuman la vida.

Vida.
Momentos.
A veces, cinco minutos bastan para rozar la eternidad.



Imagen y texto original
 L.J. Pruneda


 


domingo, 5 de abril de 2026

El asiento de al lado

 




Cada semana tomo el mismo tren, a la misma hora y reservo dos asientos. El de mi lado permanece intacto.
No dejo que nadie lo toque.
Miro por la ventana y te hablo en voz baja, para que no te pierdas nada, para no perderme yo.
El trayecto no cambia. Tampoco esa parada.
Aquel día te levantaste antes de tiempo. Dijiste que volvías enseguida.
Me quedé mirando la puerta, repitiendo tu nombre en silencio.
La puerta se cerró.
El tren arrancó.
Y no regresaste.
Desde entonces, no dejo que nada cambie. Porque si alguien se sienta ahí, ya no sabrás dónde encontrarme.


LJ. Pruneda

sábado, 28 de marzo de 2026

EL RASTRO DE LAS SOMBRAS

 



Cada roce del bastón dibuja un camino en la oscuridad. Desde aquel día —el que la dejó a oscuras— él se ha convertido en su única brújula.

Un pitido en ráfaga abre el paso.

A su espalda, un taconeo leve. Joven. Preciso. Lo imagina sin verlo. El cuerpo se le tensa: sabe lo que viene.

—¿Puedo ayudarte?

—No, gracias.

Demasiado seca.

Querría decir que sí. Detenerse. Ceder. Pero no. No puede. Tiene que sostenerse sola. Ahora. Siempre.

Por ella.

Por su hija.

El mar respira cerca. Gaviotas. Voces. Vida ajena.

Una mano en el hombro. No es la chica. El olor lo niega: sudor rancio, tabaco pegado a la piel. 

Ya lo ha olido antes.

Nunca tan cerca.

Y entonces, esa voz. Un graznido que se afila en un susurro:

—Si te dijera quién te hizo esto y dónde está tu hija… ¿qué harías?


                                                                LJ. Pruneda

domingo, 22 de marzo de 2026

El séptimo pájaro

 



 

Siete cuervos cruzan la mañana.
Seis gaviotas anidan en tu alma.
Cinco jilgueros despiertan tu cabeza con su canto.
Cuatro buitres rondan tu calma.
Tres palomas sostienen la paz de tu pecho.
Dos cigüeñas levantan su nido bajo tus pies.
Un mirlo negro se posa frente a tu ventana.
Inclina la cabeza.
Canta.
Entonces lo entiendes:
no es el cielo quien cambia de pájaros…
eres tú quien está aprendiendo a cambiar de vuelo.


                                                                             L.J. Pruneda

lunes, 9 de marzo de 2026

La huella del beso

 






Cerré los ojos y esperé sus labios.

Besar su boca fue tocar una nube de azúcar, rozar un sueño de terciopelo, posar la boca en el pétalo vivo de una flor. Todo en aquel instante tenía la pureza de un comienzo.

Entonces noté que algo se desgajaba dentro de mí.

O quizá era yo quien se soltaba de sí mismo y se dejaba caer al vacío.

No dolía.

Al contrario. Una serenidad tibia me recorrió por dentro, igual que cuando el hielo cede y vuelve a correr el agua.

Y entendí, sin necesidad de pensarlo, que aquello era lo natural.

Que así debía ser.


LJ Pruneda


domingo, 18 de enero de 2026

Anabel Gonzalez, autora y psiquiatra



Anabel González escribe para quienes cargan con exigencias invisibles, para quienes aprendieron pronto a resistir, para quienes un día descubrieron que ser fuerte también cansa. Sus textos avanzan despacio, con cuidado, conscientes de que algunas heridas no necesitan empujones, sino tiempo y palabras amables.

No todas las autoras llegan a los libros desde el deseo de contar historias. Algunas llegan porque han pasado años escuchando. Escuchando silencios largos, palabras que tiemblan, recuerdos que duelen más cuando no se dicen. Anabel González pertenece a ese lugar.

Psiquiatra de profesión, divulgadora por vocación y escritora por necesidad, ha dedicado buena parte de su vida a acompañar a personas rotas por dentro, aunque por fuera parecieran funcionar. Trauma, apego, memoria emocional, ansiedad, heridas antiguas… conceptos que en otros discursos suenan técnicos, pero que en sus manos se vuelven humanos, cercanos, reconocibles.

Sus libros no pretenden corregirte ni arreglarte. No te dicen quién deberías ser. Te recuerdan quién eres cuando bajas la guardia.

Hay algo profundamente honesto en su manera de comunicar: no promete felicidad, no vende bienestar en cápsulas, no niega el dolor. Al contrario. Lo nombra. Lo valida. Lo coloca en su sitio. Y en ese gesto —tan sencillo y tan poco habitual— sucede algo importante: el lector deja de sentirse defectuoso por sentirse mal.

En Lo bueno de tener un mal día —y en toda su obra— late una idea que atraviesa su pensamiento: no todo malestar es un error. A veces es una señal. A veces es el cuerpo pidiendo tregua. Escuchar eso no nos hace débiles; nos vuelve más humanos.

Leer a Anabel González es sentarse a descansar un momento.
Es permitir que alguien ponga palabras donde antes solo había ruido. Es entender que no siempre hay que estar bien para estar a salvo.

Y quizá, solo quizá, descubrir que tener un mal día también forma parte del camino.


LJ. Pruneda

Lo bueno de tener un mal día, de Anabel González


Hay días que no funcionan. Días torcidos, incómodos, de esos que nadie sube a redes... ¿Sabes de que hablo?

Lo bueno de tener un mal día empieza justo ahí, en ese territorio donde solemos pedir disculpas por sentir demasiado.

Anabel González no escribe esta novela para animarte ni para convencerte de nada. Escribe para sentarse contigo cuando el ánimo flaquea y hacerte una pregunta sencilla y difícil al mismo tiempo: ¿y si el malestar no fuera el problema?

Este libro te habla de emociones que incomodan, de heridas que no siempre se ven y de esa exigencia silenciosa de estar bien incluso cuando todo dentro pide pausa. Lo hace sin dramatismos ni fórmulas milagro, la autora pone palabras a lo que muchos sienten y pocos se permiten nombrar: que el dolor también tiene sentido, que escuchar lo que duele es una forma de cuidado, y que no todo se arregla empujando hacia delante.

A lo largo de sus páginas no se glorifica el sufrimiento, pero tampoco se le da la espalda. Se le mira con respeto. Se le deja hablar. Porque a veces un mal día no viene a fastidiarnos la vida, sino a recordarnos que somos humanos.

Cuando lo lees te das cuenta de que es un libro que no levanta la voz. No hace promesas. No corre.
Simplemente te acompaña, va a tu ritmo. Y eso, cuando tienes un día difícil, ya es mucho.

LJ. Pruneda