sábado, 28 de marzo de 2026

EL RASTRO DE LAS SOMBRAS

 



Cada roce del bastón dibuja un camino en la oscuridad. Desde aquel día —el que la dejó a oscuras— él se ha convertido en su única brújula.

Un pitido en ráfaga abre el paso.

A su espalda, un taconeo leve. Joven. Preciso. Lo imagina sin verlo. El cuerpo se le tensa: sabe lo que viene.

—¿Puedo ayudarte?

—No, gracias.

Demasiado seca.

Querría decir que sí. Detenerse. Ceder. Pero no. No puede. Tiene que sostenerse sola. Ahora. Siempre.

Por ella.

Por su hija.

El mar respira cerca. Gaviotas. Voces. Vida ajena.

Una mano en el hombro. No es la chica. El olor lo niega: sudor rancio, tabaco pegado a la piel. 

Ya lo ha olido antes.

Nunca tan cerca.

Y entonces, esa voz. Un graznido que se afila en un susurro:

—Si te dijera quién te hizo esto y dónde está tu hija… ¿qué harías?


                                                                LJ. Pruneda

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