Cada roce del bastón
dibuja un camino en la oscuridad. Desde aquel día —el que la dejó a oscuras— él se ha convertido en su única brújula.
Un pitido en ráfaga
abre el paso.
A su espalda, un
taconeo leve. Joven. Preciso. Lo imagina sin verlo. El cuerpo se le tensa: sabe
lo que viene.
—¿Puedo ayudarte?
—No, gracias.
Demasiado seca.
Querría decir que sí.
Detenerse. Ceder. Pero no. No puede. Tiene que sostenerse sola. Ahora. Siempre.
Por ella.
Por su hija.
El mar respira cerca.
Gaviotas. Voces. Vida ajena.
Una mano en el hombro. No es la chica. El olor lo niega: sudor rancio, tabaco pegado a la piel.
Ya lo
ha olido antes.
Nunca tan cerca.
Y entonces, esa voz.
Un graznido que se afila en un susurro:
—Si te dijera quién te
hizo esto y dónde está tu hija… ¿qué harías?
LJ. Pruneda

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