martes, 18 de septiembre de 2018

No estamos programados para ser felices, sino para buscar la felicidad

Un neurotransmisor, la dopamina, nos impulsa a perseguir constantemente el placer y la recompensa.


FELICIDAD

La  dopamina nace en una de las áreas más primitivas del cerebro y, a través del sistema de recompensa, fluye hasta el lóbulo frontal, una estructura más evolucionada que nos permite dirigir nuestra conducta hacia un fin. Esta región del cerebro es la más lenta en madurar y la primera en deteriorarse en la vejez y actúa como una máquina del tiempo que nos hace posible recordar el pasado y vivir el futuro antes de que suceda. Nos ayuda a anticipar sucesos, y en esa anticipación reside parte de nuestra felicidad y nuestra desdicha. Lo cuenta el psicólogo Dan Gilbert, autor del libro Tropezar con la felicidad.
En su opinión, el problema es que "el cerebro nos da en muchas ocasiones datos erróneos de lo que nos hará o no felices. Cometemos el error de pensar que lo bueno será muy bueno y lo malo, muy malo" Es preferible ser escéptico, basarse en datos científicos, mirar las estadísticas y cuestionar los consejos para encontrar la felicidad. Las estadísticas nos dan algunas claves sobre lo que hace felices a la mayoría de las personas. Por ejemplo, entre las recetas más usadas están las que dicen que para ser feliz hay que tener un buen trabajo que dé para vivir decentemente, casarse y tener hijos.
Con las cifras en la mano, vemos que es cierto que las personas casadas son más felices que las solteras o que las parejas de hecho y que viven más años. El matrimonio es una buena inversión en todas las culturas, sobre todo para los hombres, resalta Gilbert. Pero divorciarse cuando las cosas no van bien también aumenta la felicidad, en especial la de los hombres, que se sienten mejor de inmediato. Las mujeres tardan de media un par de años en volver a ser felices. En cuanto a los hijos, los números reflejan que suponen una exigencia que disminuye la felicidad, en especial de las madres, mientras son pequeños. El pico de infelicidad parental se sitúa entre los 45 y 55 años, cuando la carga de obligaciones es máxima. Para Gilbert, "El síndrome del nido vacío es un invento. Cuando los hijos se van de casa, la felicidad de los padres aumenta".

En cuanto al dinero, aumenta la felicidad cuando los ingresos llegan a 60.000 euros anuales. Por encima de esta cantidad, el dinero ya no está tan relacionado con el nivel de felicidad. Aunque puede aumentar si lo utilizamos en agasajar a los demás. Sin embargo, dejar de trabajar no es necesariamente una buena idea. Según Gilbert, descansar es una de las cosas que menos felices nos hacen, al contrario que practicar actividades placenteras –sobre todo el sexo, seguido del ejercicio físico– que nos hacen sentir mejor . La felicidad no se alcanza haciendo cosas exóticas, sino con recetas sencillas, como pasar más tiempo con la familia y los amigos. Somos los animales más sociales del planeta, por eso quienes dedican más tiempo a las relaciones y tienen más amigos son más felices.

Parte de la infelicidad surge de nuestro interior. No hay nada en sí ni bueno ni malo, es la mente humana la que lo hace parecer así. Y es que nuestra especie tiene una estructura evolutivamente reciente, la corteza prefrontal, que funciona como "un simulador que nos permite imaginar y anticipar cómo serán nuestras experiencias antes de vivirlas. Planificar acciones y tomar decisiones en virtud de experiencias simuladas mentalmente es, a priori, una ventaja. Sin embargo, puede convertirse también en la principal causa de que la búsqueda de la felicidad sea errónea pues esta parte del cerebro suele calcular bastante mal el grado de felicidad o de infelicidad que nos causarán las experiencias futuras". Somos malos predictores de la felicidad, según Gilbert.
No podemos cambiar lo ocurrido, pero sí lo que pensamos sobre ello. En caso contrario la "disonancia cognitiva" nos hará sentir infelices. En cambio, cambiar de perspectiva es muy positivo, como sucedía en la fábula de la de la zorra y las uvas. Sabiamente, la zorra, al ver que no tenía forma de cogerlas de la parra, decidió que no merecían la pena porque no estaban maduras. Esta habilidad de cambiar la forma de pensar es la piedra angular de la psicoterapia. Tener una mente abierta es fundamental. Las experiencias nuevas ejercitan el cerebro y nos hacen felices. 

Somos los animales más sociales del planeta, por eso quienes dedican más tiempo a las relaciones y tienen más amigos son más felices 
 
 

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